"Deberías escribir". Así me dijo Martim, y le tomé la palabra. Un metro más allá, Lola asentía y al verla recordé que ella me recordó, hace unos meses, que antes yo quería ser escritora. Bueno, mejor o peor, ahí va. Por puro gusto al recuerdo.

Pocos días después leí esta historia:El rey Asuero escribió en el libro de crónicas que Mardoqueo le salvó de un complot. Caído este hecho en el pozo del olvido de los tantos hechos que ocurren, tiempo después, estando en peligro la vida del pueblo al que pertenecía Mardoqueo, sucedió que el rey Asuero tuvo insomnio y dijo que le trajesen el libro de las memorias y las crónicas, y que las leyeran en su presencia. Esa lectura en voz alta ante el rey rescató del olvido la acción de Mardoqueo y ese recuerdo fue el inicio de un desenlace inesperado.

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Esto lo leí en un conocidísimo y a la vez desconocidísimo libro de crónicas del que seguramente hablaremos en otra ocasión.

 

Y es así, por causa de Martim, Lola, Asuero y Mardoqueo, que nace y comienza el Libro de Crónicas de El Maletín Verde.

 

Cece Bell y el niño del mercado

Esta segunda crónica va para el niño del mercado, cuyo nombre nunca conocimos. Apareció con una sonrisa de oreja a oreja a los cinco minutos de extender los libros sobre la barda cercana a las escaleras del quiosco, en la plaza de Chapantongo. Le invité a usar los libros. En dos gestos más nítidos que cualquier voz me dijo que él no oía ni hablaba. Y así, sin palabras, pero con una capacidad comunicativa y expresiva fuera de serie, vimos y comentamos las cartas de los gnomos, inventamos historias con los dados de imágenes, vimos cuentos ilustrados, inspeccionamos los escenarios desplegables de ese libro que tanto gustó en todos los parques...

 

El niño del mercado (acaso debería llamarle el niño de inmenso y cristalino corazón) nos visitaba siempre que podía y abría todos los libros que encontraba. A veces pasaba por nuestro lado cargando una caja y nos decía que hoy no podía detenerse, había trabajo. Y yo no podía por menos que reflejar su sonrisa, alzarle el pulgar hacia arriba y poner mi mano en el corazón. Algunos domingos que pasaba yo por la plaza del mercado sin El Maletín, y él me veía, la palma de su mano volteada hacia arriba me preguntaba que a qué horas. Mi mano haciendo círculos en el estómago y dirigiéndose después en dedos unidos hacia la boca, le decía que tenía hambre y primero iba a comer. Y él se reía.

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Me fascinaba su carácter. Como me fascina también el carácter de Cece en la novela gráfica SuperSorda. Primero yo se la leí a Luna. Ahora Luna me la está leyendo a mi. Ya casi terminamos la segunda ronda, y sé que habrá tercera y cuarta cuando llevemos el libro a la biblioteca ambulante. SuperSorda es una obra autobiográfica: Cece Bell, la autora, perdió la audición cuando era niña como consecuencia de una meningitis y tuvo que adaptarse a esta situación en medio de un gran desconocimiento de lo que es no oír por parte de los demás niños y niñas.

Para mí SuperSorda no es solamente una historia encantadora con mucho humor, sino también una excepcional obra de divulgación y un alegato a la aceptación y la amistad.

PS. Me fascina el carácter del niño del mercado, y el de Cece Bell, y el de Paquita (otro regalo de Dios): Paquita es un alma hermosa con corazón humilde, pequeño pero fuerte cuerpo de setenta y ocho años, y orejitas adosadas de las que salen perfectamente curvados dos cablecitos blancos de audífono. La hemos conocido recientemente y tenemos el honor de disfrutar de su presencia los viernes en la mañana. También, para ella, va esta segunda entrada de nuestro Libro de Crónicas.

 

A propósito de mi abuela. Mi abuela me preparaba tortilla de patata y la cortaba horizontal y verticalmente de manera que la tortilla se convertía en una especie de rejilla de pequeños cuadrados de tortilla que yo pinchaba con un tenedor hasta que terminaba con todos. En la alacena de mi abuela había un plato verde de plástico, y una taza marrón con manzanas amarillas en relieve. El armario de la habitación de mi abuela tenía dos cristales, uno en la parte interior de cada puerta. Si abría las dos puertas, un cristal reflejaba a otro y mi imagen se proyectaba hasta el infinito. En las estanterías del armario de mi abuela había sábanas y toallas dobladas sobre una tela blanca que tenía en su borde una bandita de encaje que colgaba del estante. Había una misteriosa caja metálica azul donde ella guardaba misteriosos papeles. Mi abuela ponía pastillas de jabón dentro del armario y olía muy bien, a armario de mi abuela. Antes de irnos a dormir, mi abuela metía una bolsa de agua caliente en la cama, y me ponía polvos talco en los pies.

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Dayal cuenta que cuando ella estaba enferma se acostaba en la cama de su abuela y que cuando Dayal se aburría, su abuela abría lentamente la gaveta de su mesita de noche.

"Me gustaba mucho esa gaveta.

Primero sentía el aroma de un perfume dulce mezclado con el olor de viejas monedas de cobre. Después aparecía una botellita azul de agua de colonia Atardecer en París con forma de caracola; luego, una foto cuadrada de mi abuela cargándome en sus brazos cuando yo era bebé; después, grandes horquillas negras y gordas de patas retorcidas, y por último, muchos centavos opacos y polvorientos encajados en las esquinas de la gaveta".

Ese era el contenido y el olor de la gaveta de la mesita de noche de una abuela apostadora. Este es un cuento que recupera para nosotros el placer de escuchar a nuestra abuela, de ser cuidados por ella y de lo que nos queda tras su muerte. Entre muchos otros sentidos, a menudo un olor.

La abuela de Dayal muere. También la de Ani. Ani no quiere que pase el tiempo, no quiere crecer y aprender a tejer, porque cuando eso suceda, será la hora que su abuela muera. Ani entiende, también gracias a su abuela, que así es y debe ser. Una hermosa historia de acompañamiento entre generaciones con unas ilustraciones bellísimas.

Mi abuela de la tortilla de patatas no ha muerto todavía, aunque a menudo dice que ya ha vivido demasiado. Mi otra abuela sí, ya murió. La recuerdo ya viejita, los labios todavía pintados de rojo, ojos azul de cielo limpio y olor como de lavanda suave. El recuerdo de su olor me engrandece el corazón de ternura. 

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Compartir narraciones sobre la relación con las abuelas y los abuelos, y sus muertes (pasadas, presentes y futuras), es una manera de hacernos compañía y estar cerca en una experiencia muy profunda y universal, ya sea porque la hemos tenido o porque no, porque haya sido de un modo o de otro, porque su recuerdo huela a lavanda suave o a perfume dulce mezclado con el de viejas monedas de cobre.

 

Esa forma de leer.

 

Como cuando devoras un plato de espagueti a toda velocidad y terminas sin darte cuenta que has comido, y te quedas con esa sensación de haber perdido la oportunidad de algo. Así me sentí cuando leí cómo leía Antonio José Bolívar Proaño, un viejo que leía novelas de amor.

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"Luego de comer los sabrosos camarones, el viejo limpió prolijamente su placa dental y la guardó envuelta en el pañuelo. Acto seguido, despejó la mesa, arrojó los restos de comida por la ventana, abrió una botella de Frontera y se decidió por una de las novelas.

Lo rodeaba la lluvia y por todas partes el día le entregaba una intimidad inigualable.

La novela empezaba bien. 

   "Paul la besó ardorosamente en tanto el gondolero, cómplice de las aventuras de su amigo, simulaba mirar en otra dirección, y la góndola, provista de mullidos cojines, se deslizaba apaciblemente por los canales venecianos."

Leyó el pasaje varias veces, en voz alta.

¿Qué demonios serían las góndolas?

Se deslizaban por los canales. Debía de tratarse de botes o canoas, y, en cuanto a Paul, quedaba claro que no se trataba de un tipo decente, ya que besaba "ardorosamente" a la niña en presencia de un amigo, y cómplice por añadidura.

Le gustó el comienzo.

Le pareció muy acertado que el autor definiera a los malos con claridad desde el principio. De esa manera se evitaban complicaciones y simpatías inmerecidas.

Y en cuanto a besar, ¿cómo decía? "Ardorosamente." ¿Cómo diablos se haría eso?

Recordó haber besado muy pocas veces a Dolores Encarnación del Santísimio Sacramento Estupiñán Otalvo. A lo mejor en una de esas contadas ocasiones lo hizo así, ardorosamente, como el Paul de la novela, pero sin saberlo. En todo caso, fueron muy pocos besos porque la mujer, o respondía con ataques de risa, o señalaba que podía ser pecado.

Besar ardorosamente. Besar. Recién descubrió que lo había hecho muy pocas veves y nada más que con su mujer, porque entre los shuar besar era una costumbre desconocida."

Antonio José Bolívar Proaño leía así, despacito, degustando, descubriendo, preguntando y recordando (a la par que olvidando), y me hizo pensar en cómo leo yo. Por no hablar de los besos...

 

Gracias

Gracias a Alba, Núria, Bertu i Jaume, las cuatro personas que en estos últimos días se han convertido en mecenas de una comunidad.

 

Gracias a Eva 4x4, Montserrat, Gustavo y Ana, Gael (los primeros), Martim, Biel (chiquito, gracias por acordarte de El Maletín Verde), Khiara y Aitor, Cristina (la primera desconocida), a otra Ana (alias Judith), a María (¡qué libros María!) y a Alex (por tantas ventanas en forma de libros) Gracias a todas estas personas, quienes han regalado libros para La BiblioCombi. Libros infantiles, desplegables, de relatos, algunos clásicos indispensables como La pequeña oruga glotona o The Snowman. Algunos descubrimientos que nos han gustado mucho como las Lecciones de poesía para niños inquietos, o El cuentanubes. Libros de iniciación a la lectura en inglés, novelas básicas para una lectura fluida, como El niño con el pijama de rayas. Libros de ciencia, libros de retos, libros para fabricar juguetes, libros de buscar algo escondido, tarjetas de imágenes, puzzles, cuentos magnéticos. Un bello juego de cálculo basado en El Principito. Libros del oeste, de ciencia ficción y de amor.

Gracias en nombre de todas las personas que podrán leerlos y jugarlos.